I
¿No se amarga el alma por tanto tiempo?
Dije: ¡Soy feliz!;
recordé que es imposible retener.
¡Y me entristecí!;
mas ni la tristeza permanece.
¡El apretado corazón cerré para no sentir!
A las hormigas trepar el muro
en gran altura vi;
¿No sabrán del temor a morir?
Yo tiemblo;
palabra o gesto tuyo me haría morir.
Y el llamado, como Lázaro,
a la vida esperaba,
y el llamado a la obediencia
de quien me había mirado
en parte do ninguno me miraba.
Y así era yo aquesta voz:
—¡Ven!
—¿Adónde?
—Ven donde la voz que te llama,
que te vio en parte
do antes nadie te miraba.
Luego el espíritu ominoso te quitó;
te hiciste veneno a mi alma;
y el amargo licor probé,
su sabor probé y no lo soporté.
¡Refugio he de buscar a mi alma!
II
Siento una vida que palpita,
una mirada ardiente y tenaz,
una boca que promete pasiones
y una figura sutil y audaz.
Siento un alma sola,
¿acaso la suya es?
Siento un río de amor tan hondo,
¿acaso egresa de usted?
Sueño vaporoso;
pesada niebla que se cierne sobre mí;
embeleco de mis ojos;
fantasma que está cautivo de mí.
Al quitar la zarza del fiero sueño,
supe quién la señora mía es.
Pues como te he amado en la idea,
canto: ¡De cierto, usted es!
III
De un cometa estela,
¡y mis ojos acarreados!;
de mármol tallado,
¡y flores perfumean!,
fina figura de seda
¡en cuyos hilos los míos se enredaron!
IV
Luna, amiga fiel de veste pura,
bañado por tibia luz de luna,
que pareja al ciervo, por aguas bramando,
ambos van a través del collado,
andar quiero bajo tu luz insegura;
y en la caverna del vado ocultarme,
por ver desde allí tu luz rutilante,
luz que es mil estrellas y una,
caídas todas sobre la acequia muda;
y contemplar tendido en el raso monte
de tus vestidos el finísimo encaje,
de tu falda los graciosos flecos al aire,
y de tus pechos el lúbrico escote.
V
A la vista de los cipreses.
Asoma la joven luna
sobre el sinuoso camino.
A la vista de los cipreses.
Se conduce al lecho
atada a delgado hilo.
A la vista de los cipreses.
Se acuesta en el lecho
de púrpura teñido.
A la vista de los cipreses.
Si tu madre te viera
con rubor de blanca nieve.
A la vista de los cipreses.
¡Pero ay si nos viera,
muchacha,
como nos ven los cipreses!
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