viernes, 24 de julio de 2026

UN PASEO POR EL PARQUE

 

Fui a dar mi habitual peregrinación al redor del parque de cerca de casa; esto hace unos pocos días. Recuerdo que era una mañana fresca (ahora mismo nos encontramos en julio, en invierno). Aquella circunstancia fue el motivo para dar un paseo matutino; no podía tener fe en que hubieran semejantes condiciones favorables a la hora de la tarde. La brisa al rozar el cuerpo se sentía fría, aunque no demasiado, sí lo suficiente para enervarme y mantenerme enérgico, de notable mejor humor, el resto de la jornada; durante la noche pasada de aquel día, no concilié profundamente el sueño, el bullicio del rodar de coches me estorbó el sano descanso.

En mi estancia en el parque, vi pasar dos caballeros correctamente figurados que andaban a zancadas por la acera del frente. Pronto los perdí de vista; yo viré a través del parque, mientras que ellos continuaron su marcha en línea recta, sentido contrario al parque. No dispuse de medios para saber quienes eran, jamás me los había topado antaño. De todas formas, yo no soy muy capaz de reconocer a un par de transeúntes cualquieras que anduvieran por ahí; sin embargo, resultaban un tanto desconcertantes, no se asemejaban a las gentes del pueblo (no tenían esas fachas). Deben ser mormones, pensé; y con esas palabras obturé mis dudas por un rato. Pero caminar solo… sin tema alguno de interés que meditar… y habiendo ya estudiado y repasado cada planta, arbusto, árbol, pajarillo, insecto, fuente, banco y baldosa del parque, hasta el grado en que conocí todo eso mejor que a mí mismo, la impresión de aquellos desconocidos hombres de etiqueta retornó a mi imaginación. No fue necesario, sin embargo, que me los represente mucho, pues ellos mismos, presuntamente atraídos por mis cavilaciones, reaparecieron.

Entonces pude observarlos y analizarlos con mayor cuidado, ya que atravesaron el parque y pasaron muy cerca mío. Comprobé, y mi ego de detective se hirió, que no eran mormones, pues carecían del común gafete. Ambos eran de tez blanca y cabellera rubia, bien perfilada. Nuevamente iban de prisa pero desequilibrados; el balanceo de sus brazos no se ajustaba a la marcha del cuerpo entero. Noté que los hombros del menos alto resaltaban desproporcionados. Semejante espectro de rarezas, hubo otras tantas que no incluí, hacía que lo que perdían en gallardía lo ganaran en lo ridículo. Tal vez los trajes son nuevos, recién estrenados, pensé, aún no se habrán ni estirado ni ablandado lo que se requiere para adaptarse a la compostura, algo robusta, de sus nuevos huéspedes. No tuve las agallas de mirar sus zapatos.

A todas luces aquellos personajes debían ser oficinistas o quizá banqueros o quizá algún género de hombre de negocios, juzgue sólo por los trajes que ostentaban. Eran trajes lóbregos y la comparación con mis propias ropas fue inevitable. Aquella mañana me había apetecido calzarme el pantalón marrón de gabardina, los marrones zapatos, adquiridos como ganga de manos de un juez, y, además, el obligado pulóver a tono con el resto de prendas. El color marrón, especialmente si no es demasiado oscuro, infunde elevados sentimientos, no por nada es el color de la augusta madera. Entre los subidos valores que infunde se pueden contar el amor, la disciplina, la sabiduría y el heroísmo. Aunque, aunque, no serían más que bagatelas todas esas cosas exceptuando de ellas el espíritu religioso del hombre.

Lo sé, hoy en día ser religioso es considerado casi como un pecado mortal, puesto que la opinión vulgar lo cree signo infalible de superchería, estupidez y falta de autonomía. La religión, claman los vindicadores del ateísmo moderno, no es sino un ardid para substraer a los incautos el goce de los primores de este mundo, que cuenta entre sus primicias a la diversión insignificante, el placer instantáneo y perecedero y, por último, el ocio fatuo del entretenimiento embrutecedor, que se sirven cual sucedáneo de las buenas costumbres, los subidos valores y la formación espiritual, integral, del ser humano. No comprendo que tanta bronca contra la religiosidad, pues todo el mundo se cuida más de ella que de un virus, pero se enferman por lo que consumen a diario. Em… Bueno, no era éste el tema que me ocupaba ahora, sino otro. Estaba en mi paseo pretérito por el parque… Ah, ya, los caballeros de estilo refinado y austero. Sí, definitivamente nunca jamás me echaré un aburrido traje de oficina.


Lauriano García Tuttolomondo. (2026).

jueves, 23 de julio de 2026

UN CASO MÉDICO

  

Cada que menciono en una jocosa conversación, académica la mayoría de ocasiones, aunque siempre casual, al acto de pensar o, mejor dicho, la acción de discurrir con determinación a través de las ideas para precipitarse en ideas, mi atento interlocutor entiende, como si fuese una equiparación consabida o convencional, que me refiero al acto de leer, es decir, para ser técnicos en este grave asunto, la acción en parte mecánica de recorrer con la mirada un conjunto de líneas tendidas en paralelo a ellas mismas, que constan en particular de un cierto número no prefijado universalmente de palabras dispuestas en serie; palabras, por su lado, sensibles, pero cuyo significado inteligible es apremiante capturar in situ durante el curso y tras el fin de la lectura. Además, cabe agregar que se encuentran presentes otros signos importantes que son disímiles en fisonomía y función respecto de las palabras. Me quedo en ese mismo momento anonadado por el equívoco de mi intérprete, el cual por lo regular se trata de un personaje muy instruido, versado particularmente en materia de filosofía, que naturalmente no incurriría en semejante sofisma con tanta ingenuidad. ¿Acaso, me pregunté para mis adentros, es posible que fuese yo el analfabeto terminal que hasta entonces ignoraba sin excusa la sinonimia entre ambos términos, que con tanta versatilidad mi genial compañero de diálogo se apresuraba con confianza a exponer? Pero una rápida y necesaria visita al resolutorio diccionario de la lengua castellana, indispensable en cuestiones peliagudas, disolvió con su dictamen por entero mis escrúpulos.

Hecho ya este escéptico examen de consciencia, acto seguido resolví, cual excelente médico que aun en este siglo poco ilustrado profesa amor por la sabiduría y, sobre todo, por los misterios no resueltos, como quien no escatima por razón ninguna, cuando tiene la oportunidad, ni un pequeño rato de su vida en aventurarse dentro de cualquier suerte de investigación intelectual, ya sea ardua, ya en apariencia imposible; nada detiene en absoluto a mi ánimo a introducirse con pasión en los laberintos laboriosos de una aporía, ni siquiera si a algún personaje embustero le resulta una empresa un poco o muy ociosa. Resolví, digo, buscar la causa precisa de toda esta discrepancia, presumiblemente física, lo que ciertamente supone en principio, al igual que para toda ciencia considerable que se estime objetiva en rigor y, ante todo, verás y no mera charlatanería o superchería, conferir cierto grado de verosimilitud, o no rehusar su posibilidad de ante mano, al fenómeno que se pretende estudiar, por más increíble que parezca; estudio que dadas las anteriores previsiones deberá llevarse a cabo con imparcialidad total, evitando con ahínco cualquier tipo de contaminación por sugestión del investigador de los resultados a obtener. Pese a ello, no obstante, confieso desde ya que estoy prudentemente convencido, y espero se me perdone una ligera obstinación o dogmatismo, de que pensar es tan solo pensar, mientras que leer, no más que leer.

En un voluminoso y desbaratado tomo de la honorable ciencia médica que data del siglo XVII, descubrí convenientemente una profusa sección dedicada exclusivamente a las antiguas doctrinas de los sabios griegos acerca de la percepción. Me apresuré a leerlas con diligencia. Allí estaba descrita en lengua latina, pero ya casi tan legible en fragante español actual, previa a la exposición de la renombrada teoría de la abstracción de Aristóteles, la teoría, refutada entonces, pero con mayor vigencia ahora, de los poros, que fue profesada por perínclitos filósofos tales como Empédocles y Demócrito, y en general por los más doctos filósofos nombrados materialistas por nuestros eruditos. La percepción, dicen estos filósofos, nace cuando los corpúsculos exteriores de diversas especies penetran en el interior de nuestros cóncavos órganos sensoriales a través de la porosidad de la superficie de ellos. Ahora bien, respecto de la relación entre la lectura y el pensamiento, los antiguos sabios no aplicaron sus conocimientos a ese caso puntual con todo el rigor que reclama la ciencia; sin embargo, según las experiencias realizadas por el doctor Sacks en pacientes que sufrían de todo tipo de agnosias, puedo adelantar las siguientes conclusiones terminantes. Preliminarmente hay que definir con bastante exactitud la esencia del pensamiento. Nada más sencillo. El pensamiento se refiere al acto de relacionar a voluntad un montón de ideas. Recalco la expresión “a voluntad”.

Un cuerpo humano normal y sano es capaz de discriminar los corpúsculos precisos que constituyen al sentido inteligible de las palabras de aquellos otros corpúsculos que hacen a la cualidad sensible de las mismas, por la cual pueden ser vistas o escuchadas. Cuando los corpúsculos inteligibles, que la moderna taxonomía médica apellida “ideas”, se acaban de acumular ordenadamente, en suma armonía, en la cavidad del cerebro que realiza las funciones de la memoria, se produce de inmediato el entendimiento del discurso o del escrito. Hasta aquí, sin apartarnos de la aceptada literatura médica, se habría asimilado el texto en su naturaleza inteligible y material, mas tal asimilación no supera por sí misma la condición de ser una simple imitación más o menos fiel del texto auténtico y de ninguna manera es todavía un pensamiento que se diga original. No obstante, al dilatarse luego el compartimiento de la memoria, como naturalmente ocurre, y aumentarse de consuno el espacio intracerebral disponible para el libre tránsito de las ideas, en tanto que este movimiento conserve en una medida considerable el orden y la unidad del estado inicial de las ideas, se genera en ese momento un pensamiento novedoso acerca del texto leído o escuchado, ya no una vana reproducción idéntica de ello. (Ocurre así que cuando se lee raudamente, es imposible entender nada, puesto que la violencia culmina a fuerza en una inevitable agitación caótica, que azota y estrella a las ideas unas con otras y contra las paredes de la memoria hasta que tal ajetreo finaliza en la expulsión de las ideas del interior de la capacidad, quedándose uno nulo, desvanecido, confundido, desmayado, mareado, con estupor, sin haber retenido ni un ápice de información y, en una palabra, desmemoriado). Éste, empero, es un falso pensamiento, ya que las ideas se activan con motivo solamente de su propia inercia, conectándose por un impulso autónomo, no dirigido por la voluntad subjetiva.

He aquí la explicación del impresionante fenómeno, de la equivocación y el desacuerdo; en verdad sólo se puede apuntar a que el responsable es la alucinación y no otra cosa. Esta especie orgánica de autoengaño, aunque fascinante, no deja de tener ningún poder dominante y comprobable sobre la realidad. Tal alucinación la ocasiona la inercia restante en las ideas que simula al acto de pensar, puesto que en un sistema de inercia, evidentemente, la voluntad de uno mismo no suministra ninguna cantidad significativa ni medible de energía. Hay que notar, por otra parte, el siguiente corolario que surge a la vista de los incontrovertibles hallazgos. Los sujetos que no logran por ningún medio usual ni terapéutico desengañarse de semejante alucinación, son terribles enajenados sin remedio que, en la medida en que la voluntad de ellos mismos no concursa en la formación de ningún pensamiento deliberadamente original, no tienen en efecto control de sus ideas.


Lauriano García Tuttolomondo. (2026).

EL ENTE


En el albergue donde vivo, nadie se despierta muy temprano; y, por regla general, los inquilinos que cada mes se renuevan, tampoco son ningunos madrugadores. Yo, caso excepcional, ando siempre despabilado a partir de las cinco primeras horas del día. La casona en esos momentos abriga un silencio atronador; tan solo un gato indiscreto se atreve, a veces, a profanar semejante monumento a la serenidad. Yo, al deambular por el lugar, intento no hacer demasiado alborozo, misión de agente entrenado, pues la vieja residencia se quiebra con la menor presión de los pasos.

Ninguna cosa en esos ratos resulta de gran interés más que beber el idóneo café, preferiblemente acompañado de alguna exquisitez de repostería; acaso pasmar los pensamientos en la escritura amilana a cualquier aburrimiento fanfarrón. La historia que ahora detallaré, sin embargo, aconteció un día en que mi rutina fue embargada por uno de esos fenómenos que, solemnemente, los despiertos apellidan paranormales. Estoy convencido de que éste es el inefable origen de mi dolencia.

Me encontraba como siempre, sentado a la mesa con la libreta y el negro café, abocado a la escritura bajo la tenue luz de la tímida vela, cuando de repente me pareció oír un prolongado sonido inquietante. Fue tan inusitado que prejuzgué imposible que lo haya ocasionado el gato, el cual, por su parte, ni se hubo presentado aquella noche. Eso más bien tuvo notas de graznido mezcladas con llanto y el rugido de un motor, aunque gustaba menos natural que mecánico. No supe de dónde provenía mientras atravesaba el estrecho corredor oscurecido, ni cuando llegué al amplio vestíbulo apagado; no supe qué cosa lo emitía sino hasta que posé mi ojo en la mirilla de la gruesa puerta de madera antigua. Inmediatamente quedé paralizado y comencé a sudar en frío; mi boca de golpe se secó y mi corazón empezó a retumbar fuerte. El panorama de fuera, visto por mi ojo, pintaba un cuadro espeluznante.

Aquello que al pie de la acera se ocultaba, envuelto en una especie de tejido aparentemente sintético, sólo revelado por la escasa luz azufrada de la calle, no era humano, tampoco animal; no era como nada con lo que haya tenido contacto alguna vez. El ente era pardo, plumífero, abultado y considerable. No sé en qué instante se tornó hacía mí; contemplé allí su rostro, o eso creí, pues todos sus rasgos se me desordenaron. Pronto perdí el conocimiento y lo siguiente que supe es que yacía en un lecho de hospital. Supuse, tiempo después, que aquella criatura no deseaba que viera su cara; en aquel entonces no me apercibí a causa de la excitación, o lo habría atribuido a ésta misma, pero algo por dentro de mi cabeza presionó con fuerza su flanco derecho. Desde aquel extraño evento que no he vuelto a reconocer un rostro.


Lauriano García Tuttolomondo. (2026).

UN PASEO POR EL PARQUE

  Fui a dar mi habitual peregrinación al redor del parque de cerca de casa; esto hace unos pocos días. Recuerdo que era una mañana fresca (...