Cada que menciono en una jocosa conversación, académica la mayoría de ocasiones, aunque siempre casual, al acto de pensar o, mejor dicho, la acción de discurrir con determinación a través de las ideas para precipitarse en ideas, mi atento interlocutor entiende, como si fuese una equiparación consabida o convencional, que me refiero al acto de leer, es decir, para ser técnicos en este grave asunto, la acción en parte mecánica de recorrer con la mirada un conjunto de líneas tendidas en paralelo a ellas mismas, que constan en particular de un cierto número no prefijado universalmente de palabras dispuestas en serie; palabras, por su lado, sensibles, pero cuyo significado inteligible es apremiante capturar in situ durante el curso y tras el fin de la lectura. Además, cabe agregar que se encuentran presentes otros signos importantes que son disímiles en fisonomía y función respecto de las palabras. Me quedo en ese mismo momento anonadado por el equívoco de mi intérprete, el cual por lo regular se trata de un personaje muy instruido, versado particularmente en materia de filosofía, que naturalmente no incurriría en semejante sofisma con tanta ingenuidad. ¿Acaso, me pregunté para mis adentros, es posible que fuese yo el analfabeto terminal que hasta entonces ignoraba sin excusa la sinonimia entre ambos términos, que con tanta versatilidad mi genial compañero de diálogo se apresuraba con confianza a exponer? Pero una rápida y necesaria visita al resolutorio diccionario de la lengua castellana, indispensable en cuestiones peliagudas, disolvió con su dictamen por entero mis escrúpulos.
Hecho ya este escéptico examen de consciencia, acto seguido resolví, cual excelente médico que aun en este siglo poco ilustrado profesa amor por la sabiduría y, sobre todo, por los misterios no resueltos, como quien no escatima por razón ninguna, cuando tiene la oportunidad, ni un pequeño rato de su vida en aventurarse dentro de cualquier suerte de investigación intelectual, ya sea ardua, ya en apariencia imposible; nada detiene en absoluto a mi ánimo a introducirse con pasión en los laberintos laboriosos de una aporía, ni siquiera si a algún personaje embustero le resulta una empresa un poco o muy ociosa. Resolví, digo, buscar la causa precisa de toda esta discrepancia, presumiblemente física, lo que ciertamente supone en principio, al igual que para toda ciencia considerable que se estime objetiva en rigor y, ante todo, verás y no mera charlatanería o superchería, conferir cierto grado de verosimilitud, o no rehusar su posibilidad de ante mano, al fenómeno que se pretende estudiar, por más increíble que parezca; estudio que dadas las anteriores previsiones deberá llevarse a cabo con imparcialidad total, evitando con ahínco cualquier tipo de contaminación por sugestión del investigador de los resultados a obtener. Pese a ello, no obstante, confieso desde ya que estoy prudentemente convencido, y espero se me perdone una ligera obstinación o dogmatismo, de que pensar es tan solo pensar, mientras que leer, no más que leer.
En un voluminoso y desbaratado tomo de la honorable ciencia médica que data del siglo XVII, descubrí convenientemente una profusa sección dedicada exclusivamente a las antiguas doctrinas de los sabios griegos acerca de la percepción. Me apresuré a leerlas con diligencia. Allí estaba descrita en lengua latina, pero ya casi tan legible en fragante español actual, previa a la exposición de la renombrada teoría de la abstracción de Aristóteles, la teoría, refutada entonces, pero con mayor vigencia ahora, de los poros, que fue profesada por perínclitos filósofos tales como Empédocles y Demócrito, y en general por los más doctos filósofos nombrados materialistas por nuestros eruditos. La percepción, dicen estos filósofos, nace cuando los corpúsculos exteriores de diversas especies penetran en el interior de nuestros cóncavos órganos sensoriales a través de la porosidad de la superficie de ellos. Ahora bien, respecto de la relación entre la lectura y el pensamiento, los antiguos sabios no aplicaron sus conocimientos a ese caso puntual con todo el rigor que reclama la ciencia; sin embargo, según las experiencias realizadas por el doctor Sacks en pacientes que sufrían de todo tipo de agnosias, puedo adelantar las siguientes conclusiones terminantes. Preliminarmente hay que definir con bastante exactitud la esencia del pensamiento. Nada más sencillo. El pensamiento se refiere al acto de relacionar a voluntad un montón de ideas. Recalco la expresión “a voluntad”.
Un cuerpo humano normal y sano es capaz de discriminar los corpúsculos precisos que constituyen al sentido inteligible de las palabras de aquellos otros corpúsculos que hacen a la cualidad sensible de las mismas, por la cual pueden ser vistas o escuchadas. Cuando los corpúsculos inteligibles, que la moderna taxonomía médica apellida “ideas”, se acaban de acumular ordenadamente, en suma armonía, en la cavidad del cerebro que realiza las funciones de la memoria, se produce de inmediato el entendimiento del discurso o del escrito. Hasta aquí, sin apartarnos de la aceptada literatura médica, se habría asimilado el texto en su naturaleza inteligible y material, mas tal asimilación no supera por sí misma la condición de ser una simple imitación más o menos fiel del texto auténtico y de ninguna manera es todavía un pensamiento que se diga original. No obstante, al dilatarse luego el compartimiento de la memoria, como naturalmente ocurre, y aumentarse de consuno el espacio intracerebral disponible para el libre tránsito de las ideas, en tanto que este movimiento conserve en una medida considerable el orden y la unidad del estado inicial de las ideas, se genera en ese momento un pensamiento novedoso acerca del texto leído o escuchado, ya no una vana reproducción idéntica de ello. (Ocurre así que cuando se lee raudamente, es imposible entender nada, puesto que la violencia culmina a fuerza en una inevitable agitación caótica, que azota y estrella a las ideas unas con otras y contra las paredes de la memoria hasta que tal ajetreo finaliza en la expulsión de las ideas del interior de la capacidad, quedándose uno nulo, desvanecido, confundido, desmayado, mareado, con estupor, sin haber retenido ni un ápice de información y, en una palabra, desmemoriado). Éste, empero, es un falso pensamiento, ya que las ideas se activan con motivo solamente de su propia inercia, conectándose por un impulso autónomo, no dirigido por la voluntad subjetiva.
He aquí la explicación del impresionante fenómeno, de la equivocación y el desacuerdo; en verdad sólo se puede apuntar a que el responsable es la alucinación y no otra cosa. Esta especie orgánica de autoengaño, aunque fascinante, no deja de tener ningún poder dominante y comprobable sobre la realidad. Tal alucinación la ocasiona la inercia restante en las ideas que simula al acto de pensar, puesto que en un sistema de inercia, evidentemente, la voluntad de uno mismo no suministra ninguna cantidad significativa ni medible de energía. Hay que notar, por otra parte, el siguiente corolario que surge a la vista de los incontrovertibles hallazgos. Los sujetos que no logran por ningún medio usual ni terapéutico desengañarse de semejante alucinación, son terribles enajenados sin remedio que, en la medida en que la voluntad de ellos mismos no concursa en la formación de ningún pensamiento deliberadamente original, no tienen en efecto control de sus ideas.
Lauriano García Tuttolomondo. (2026).
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