La noción de causa, el acto y el espíritu

 

LA NOCIÓN DE CAUSA, EL ACTO Y EL ESPÍRITU


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¡De qué preeminencia goza la noción de causa entre los filósofos!

Aristóteles en el quinto libro de la Metafísica nos profesa cuatro acepciones del término, mas no enseña el sentido general. Pese a ello, se infiere con facilidad que las causas son las realidades que se distinguen y que constituyen a una cosa; esto es como si se dijera sus distintos aspectos. Así, la forma por un lado y la materia por otro son las causas del compuesto de materia y forma; además, el agente productor del movimiento o cambio, junto al fin al que tiende el cambio, es la causa para la cosa generada. En efecto, en torno a la naturaleza de ello, la cosa generada supone algo que dio origen al cambio a través del cual se produjo y, asimismo, supone un fin de dicho cambio. Pero, al contrario, el cambio en sí no parece ser competente como causa, ya que no es algo determinado y, por ende, no puede establecerse como un elemento constitutivo de la naturaleza integral de la cosa generada. Me refiero a la naturaleza integral pues la cosa generada es naturalmente la cosa que ha llegado a ser por obra de una causa eficiente, y no es meramente la cosa generada en cuanto acabada, es decir, su naturaleza total incluye más que su forma final.

He aquí la noción de causa: cada realidad o aspecto constitutivo de una cosa de cualquier tipo. Y aunque no puede distinguirse en una cosa simple un aspecto de otro, pues no hay ninguna diversidad en ello, como sí en lo compuesto o lo generado, no es incorrecto buscar allí su única causa, que es la propia esencia de ello. Ciertamente, podemos considerar a lo simple como “esto que es cierta cosa”, luego distinguir la esencia de “esto” y decir que la causa de que “esto” sea tal cosa es su esencia. En este caso, la cosa simple se enuncia de manera compleja, y en el enunciado se distingue el sujeto que es “esto” de la cosa en sí o esencia.

En el esquema que Aristóteles presentó de las causas, se ubica cada una en diferentes posiciones relativas en el tiempo. La forma y la materia son contemporáneas en el compuesto de ellas; la causa eficiente es anterior en el tiempo a aquello para lo cual se produce el cambio, mientras que el fin es posterior; sin embargo, nada impide que el fin entendido como propósito coincida en el mismo tiempo con el tránsito de la acción de un agente cuyo fin es aquel.

Por otro lado, las causas se diferencian también por sus poderes, así como se distinguen por ser realidades distintas. La única causa que puede hacer o producir algo es la causa eficiente; el resto son inertes en este sentido.

Un agente que posee el poder de producir un efecto es lo que hasta nuestros días se ha entendido principalmente con la noción de causa. Se trata de la causa en relación al efecto.

Ahora bien, se ha discutido mucho entre nuestros modernos que existan semejantes agentes o, mejor dicho, el derecho con el cual atribuimos una actividad a una causa que la realiza; y hay convincentes razones para negar esto. Nada en un presunto agente hace suponer que la actividad proviene de él. Que si el poder para realizar algo es diferente de la actividad en cuanto tal, es evidente que ésta no se contiene en dicho poder, pues así la actividad provendría de aquello que es incapaz de darla. Y siendo distinto el agente y su acción, no está dada la acción en la naturaleza del agente y, por ende, no puede surgir de él; en efecto, nadie cree que la acción sea algo incluido en el agente, sino que es algo exterior a éste. Además, asociamos la actividad con el agente cuando la actividad ya fue dada o se está realizando, pero nunca adivinamos que algo es un agente sin que acontezca la acción, ya que no es propio de la naturaleza de aquello que llamamos agente el serlo.

Si no hay causa eficiente, toda sucesión temporal es un dato. Se produce, es un acontecimiento, mas nada la produce. Es cierto que hay actividad, no obstante, nada la ejecuta. Hay algo que es lo hecho, y hay un acto de hacerse, mas este acto no lo realiza un sujeto, salvo si el sujeto es la acción en sí.

¿Acaso el simple acto de realizarse algo puede caer bajo la categoría de causa y dar cuenta del mismo poder que pretendía la causa eficiente? Una razón para sostener que el acto no es una causa es que no es algo determinado, sino que se trata del llegar a ser algo determinado. Así, conservarse es llegar a ser lo mismo que antes o lo mismo que sí mismo; producirse es llegar a ser otro distinto de lo que era. Sin embargo, no parece que el acto fuese nada. Vale la pena agregar el acto en la explicación de la naturaleza integral de lo que es en general. Y lo producido no puede producirse más que por un acto, ni lo conservado se conserva si no es por un acto, luego, el acto posee el poder que impropiamente se arrogaba la causa eficiente. Pero la diferencia entre el acto y el agente es que el acto no es algo que realiza una acción, sino la acción en sí. Por tanto, el acto es una cierta causa de que algo se haga.


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Brillante, dueño de una sensatez codiciable, fue Berkeley entre nuestros filósofos. Bendita cura del azote del materialismo fue su tratado; qué remedio formidable contra la vana intención humana de mirar más lejos de la posibilidad de su entendimiento, a tal punto de creer que mira las cosas por fuera de su mente. Nada observamos fuera de lo que se presenta a la mente, a saber, las percepciones sensibles. ¿Y qué son tales percepciones? Aquello cuya existencia toda la realiza el espíritu, por tanto, nadie se atreva a afirmar que el ser de ellas depende de la materia incapaz de percibir o que existen fuera del espíritu por su propia cuenta.

He aquí, las percepciones sensibles o ideas no guardan secretos; nada esconden, al contrario, todo en ellas es manifiesto y está revelado. He aquí que es notorio que carecen de poder para hacerse ellas mismas o para hacer a las demás; ninguna actividad surge de ellas, puesto que en sí no son activas. Y, por lo tanto, algo ha de tener el poder para hacerlas, conservarlas y moverlas de varias maneras en muchos ordenes. Este algo es el espíritu, o lo que tiene este poder es el espíritu, o el poder de actuar y la acción son el espíritu. Luego, hacer existir a la idea tal como es, es percibirla; que la idea es percibida significa que lo que tiene el poder para hacerla existir, o este poder por sí mismo, la hace existir. En consecuencia, una idea que existe sin ser percibida es una fragante contradicción.

¿Acaso la materia puede tener percepciones tal como las tiene el espíritu? En absoluto. Que la idea existe en algo implica que su existencia está tan ligada a ello que depende de eso para existir, por ende, la idea está en aquello que la hace existir. La materia no tiene el poder para hacer existir a la idea, puesto que es lo contrario al espíritu; y si tuviera dicho poder, sería espíritu y no materia. De nada, entonces, le sirve la materia a la idea, ya que no la percibe. Recordemos: la existencia de la idea consiste en ser percibida por un espíritu; la idea no tiene el poder para existir por sí misma, ni para hacer existir a otra; el espíritu tiene este poder y hace existir a las ideas de varios modos, o llamamos espíritu a lo que es por entero tal cosa activa.

Supóngase que no hay una tal substancia que tenga el poder de realizar el acto por el cual existen las ideas, aun así es un dato que las ideas existen de la manera en que existen, y es un dato asimismo que no hay en ellas la causa de su existencia ni de su modo de existir. De cierto llegan a ser, y se mantienen siendo, y existen de diversas maneras según como se ordenen y dispongan. Esto que les ocurre a las ideas, ocurre por el acto que las hace ser así, sin que por ello se considere a dicho acto como alguna cosa que no sea por entero la acción. Y al examinar exhaustivamente lo que es tal acto, se infiere que en relación con lo que será, el acto es poder para realizarlo. En efecto, lo que todavía no es y será, solamente será mediante la acción que lo realice. Tal acción, en cuanto no efectuada todavía, es capacidad o poder para realizarla.

Respecto del acto en sí mismo, esto es la acción de hacer todo cuanto puede hacerse, ya que el límite se inscribe en la acción al agregar el objeto concreto de ella, mas no en sí misma. Por tanto, no hay límite para lo que puede hacerse por el acto de realizarlo, salvo si la denominación de existente es igual que decir que es idea, y si la idea es llanamente lo que existe por el acto que lo ha hecho existir. En tal caso, solo podrían existir las ideas, y el acto y poder que realiza todas las cosas sólo podrá ser el espíritu.

Nosotros tenemos cierto grado de poder y actividad para con las ideas: las percibimos, recordamos, imaginamos y realizamos otras tantas acciones con ellas. Pero, en cambio, Dios es poder y actividad infinitos. Nuestro espíritu es una porción del suyo que por él nos fue cedida. Pues nosotros no creamos lo que aparece ante nuestros sentidos, ni hacemos las reglas la asociación de las ideas de los sentidos que componen a la Naturaleza. Dios, al contrario, es creador de cielo y tierra, y de las leyes por las cuales se rige este mundo.


Lauriano García Tuttolomondo. (2026).

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